¿Cuándo empieza a construirse nuestra salud?

Pía Qvarnström • 1 de septiembre de 2026

Cuando pensamos en prevención solemos mirar el presente: qué comemos, cuánto nos movemos, cómo dormimos o qué hábitos podemos modificar para cuidar nuestra salud.


Pero ¿qué pasa si ampliamos la mirada?



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En una nota anterior hablamos de epigenética y de cómo el ambiente puede influir en la manera en que se expresan nuestros genes, sin modificar la secuencia del ADN. También mencionamos allí el enfoque DOHaD, que nos invita a pensar la salud desde las primeras etapas del desarrollo.


Hoy quiero continuar desde ahí.


Porque quizás la pregunta más interesante ya no sea solamente qué puede influir sobre nuestra salud, sino también cuándo.

El momento también importa.


Hay períodos del desarrollo en los que nuestro organismo atraviesa transformaciones extraordinarias y puede ser especialmente sensible a las condiciones del entorno.


Un ejemplo sorprendente lo encontramos en la naturaleza.


La abeja reina y las abejas obreras comparten prácticamente el mismo ADN y, sin embargo, pueden desarrollar características muy diferentes.

Una de las claves está en la alimentación durante el desarrollo. La jalea real que recibe la futura reina participa en mecanismos que modifican la expresión de determinados genes.


El ADN es prácticamente el mismo. Lo que cambia es cómo se utiliza parte de esa información.


En los seres humanos, por supuesto, todo es mucho más complejo. Pero hay un ejemplo cotidiano que permite comprender muy bien por qué no solo importa qué recibimos del ambiente, sino también cuándo.


Ácido fólico: una pequeña intervención en un momento clave.


Desde hace años se recomienda que las mujeres que están planificando un embarazo tengan un aporte adecuado de ácido fólico desde antes de la concepción y durante las primeras semanas del embarazo.

¿Por qué tan temprano?

Porque durante las primeras semanas comienza a formarse el tubo neural, una estructura embrionaria que posteriormente dará origen al cerebro y a la médula espinal.


Este proceso ocurre muy precozmente, incluso cuando muchas mujeres todavía no saben que están embarazadas.


Cuando el tubo neural no se cierra correctamente pueden aparecer alteraciones conocidas como defectos del tubo neural, entre ellas la espina bífida.


Sabemos que una ingesta adecuada de ácido fólico alrededor del momento de la concepción reduce significativamente el riesgo de estos defectos.


Y este ejemplo deja una enseñanza que va mucho más allá del ácido fólico:

en determinadas etapas del desarrollo, el momento de una intervención puede ser tan importante como la intervención misma.


No significa que todo quede determinado durante esas primeras semanas. Significa que existen ventanas especialmente sensibles en las que determinados factores pueden adquirir una relevancia particular.


Los primeros 1000 días.


Una de las ventanas más conocidas son los llamados primeros 1000 días, que abarcan aproximadamente desde la concepción hasta los dos años de vida.


Es un período de enorme crecimiento y desarrollo.


Durante la gestación y los primeros años se forman y maduran órganos y sistemas, el cerebro atraviesa cambios extraordinarios y se desarrollan procesos metabólicos, inmunológicos y fisiológicos fundamentales.


Por eso hablamos tanto de nutrición materna, lactancia y alimentación durante los primeros años.



Pero hoy esta mirada empieza a ampliarse.

¿Y si miramos las primeras 1000 semanas?

En los últimos años comenzó a tomar fuerza una perspectiva todavía más amplia: pensar no solamente en los primeros 1000 días, sino también en las primeras 1000 semanas.



Mil semanas nos llevan aproximadamente desde la concepción hasta el final de la adolescencia.

¿Por qué extender tanto la mirada?

Porque nuestro desarrollo no termina a los dos años.



La infancia, la pubertad y la adolescencia también son períodos de enormes transformaciones físicas, metabólicas, hormonales, neurológicas y emocionales.


Hablar de las primeras 1000 semanas no significa restarle importancia a los primeros 1000 días ni pensar que todas las etapas tienen el mismo grado de sensibilidad.


Significa comprender que a lo largo del crecimiento pueden existir diferentes ventanas de vulnerabilidad, pero también diferentes ventanas de oportunidad.


Y eso cambia nuestra manera de pensar la prevención.


No existe una única oportunidad.


Durante mucho tiempo, prevenir significó fundamentalmente detectar factores de riesgo y actuar antes de que apareciera una enfermedad.

Esta nueva mirada nos propone empezar antes.


Pero también evita caer en una idea determinista.


Lo que sucede durante el embarazo o los primeros años no escribe inevitablemente nuestro destino.


Nuestra salud se va construyendo a partir de una interacción continua entre biología, alimentación, ambiente, experiencias y hábitos.


Por eso quizás sea más interesante hablar de una trayectoria de salud.


Una trayectoria que comienza muy temprano, pero que continúa modificándose a medida que crecemos.


Los primeros 1000 días importan.


Las primeras 1000 semanas amplían esa oportunidad.


Y la vida adulta sigue ofreciendo posibilidades de cambio.


Pensar hoy la salud del futuro.


Quizás uno de los mayores aportes de esta mirada sea ampliar nuestra idea de prevención.


No pensar solamente qué podemos hacer cuando aparece un factor de riesgo, sino preguntarnos qué condiciones podemos favorecer desde las primeras etapas de la vida para acompañar un desarrollo saludable.


Porque cuidar la nutrición y el ambiente durante estas etapas no significa solamente pensar en el presente.


También significa empezar a preguntarnos por la salud que estamos ayudando a construir para el futuro.

Y entonces la pregunta cambia:

¿Qué podemos hacer hoy por la salud de las próximas generaciones?

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La imagen es casi universal: la casa en silencio, el día ya terminado, y de pronto… la visita a la cocina. Puede ser una taza de té, un pedazo de pan, o el helado “que estaba ahí”. La cultura popular lo normaliza —“a la noche es cuando uno se relaja”—, pero la ciencia observa otra cosa: en este horario, las señales de hambre real son menos frecuentes y las de hambre emocional, más intensas. En la consulta, las frases suelen repetirse: “Es mi momento del día”, “No tengo hambre, pero necesito algo”. Sin embargo, pocos se preguntan de dónde viene esa necesidad. Para entenderlo, no basta con contar calorías o prohibir alimentos: hay que mirar el doble plano. • Contenido manifiesto: la acción de comer algo a la noche. • Contenido latente: la necesidad emocional que está siendo atendida (o postergada) mediante la comida. Hagamos observación de rutinas diarias: ¿qué pasó en las horas previas? ¿Qué emoción estaba presente antes de abrir la heladera? La emoción como motor: en el fondo, la ansiedad nocturna suele ser un deseo: descansar, sentir placer, apagar la soledad, frenar la mente. Ejemplo real (nombre cambiado): Mariela, 48 años, me decía: “Sé que no es hambre, pero si no como algo no puedo dormir tranquila”. Cuando revisamos sus días, vimos que la noche era el único momento en que no estaba al servicio de otros. Ese bocado dulce era su contraseña de libertad. Aquí, la comida no era por necesidad fisiológica, sino la representación física de una necesidad afectiva: sentirse atendida. Distorsión y camuflaje: el cuerpo a veces habla en clave. La señal de “necesito parar” puede sentirse igual que “tengo hambre”. Si además la persona aprendió desde pequeña que un dulce calma, la traducción automática será: emoción → comida. En estos casos, el hambre emocional se disfraza de hambre real, y la censura interna impide que la persona lo reconozca como un acto de autocuidado mal orientado. Fuentes del comportamiento; la ansiedad nocturna tiene tres raíces frecuentes: 1. Restos diurnos: preocupaciones sin resolver que siguen activas. 2. Memoria gustativa: recuerdos infantiles de meriendas o postres nocturnos en familia. 3. Rutina aprendida: hábito instalado que el cerebro anticipa como parte del día. Trabajo de elaboración: el cambio no empieza prohibiendo, sino identificando la necesidad. • Si es descanso, crear un ritual no alimentario: música suave, respiración, lectura. • Si es afecto, buscar una conversación, un mensaje, un contacto humano real. • Si es placer, permitirlo, pero con consciencia y porción definida. Ejemplo de reconversión: Mariela cambió su helado nocturno por una infusión caliente y 15 minutos de diario personal. A veces aún elige comer algo dulce, pero ahora lo decide, no lo obedece. Psicología de la alimentación consciente: el cambio de hábito activa áreas cerebrales vinculadas al control inhibitorio y reduce la activación de circuitos de recompensa automática. Es como enseñarle al cerebro un nuevo camino para llegar al mismo destino emocional, pero sin costo metabólico. Conclusiones y guía práctica: La ansiedad nocturna no es un enemigo, es un mensajero. Cuando aprendemos a escuchar lo que dice, la relación con la comida cambia. Ejercicio rápido: 1. Antes de comer, pregúntate: ¿Qué estoy sintiendo ahora mismo? 2. Nómbralo. (Cansancio, soledad, alegría, aburrimiento). 3. Elige: comer conscientemente o atender la emoción de otra forma.
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