¿Cuándo empieza a construirse nuestra salud mental?

Pía Qvarnström • 9 de octubre de 2026

Una nueva mirada desde DOHaD

Cuando hablamos de salud mental solemos mirar el presente: el estrés, la ansiedad, el sueño, los vínculos, el trabajo.

Pero la ciencia está empezando a plantear una pregunta diferente:

¿Y si parte de nuestra salud mental comenzara a construirse mucho antes?

De DOHaD a una nueva idea: DOMHaD

Desde hace años, el enfoque DOHaD (Developmental Origins of Health and Disease) estudia cómo las condiciones que atravesamos durante etapas sensibles del desarrollo pueden influir sobre nuestra salud futura.

Gestación, nutrición, estrés, ambiente y primeros años de vida forman parte de esa historia.

Lo novedoso es que esta mirada está llegando de lleno a la salud mental.

En 2025, investigadores propusieron en Nature Mental Health un nuevo marco:

DOMHaD — Developmental Origins of Mental Health and Disorders.

La idea es tan sencilla como transformadora: la salud mental también tiene una trayectoria.

No comienza cuando aparece un diagnóstico.

Se va construyendo a partir de la interacción entre nuestra biología, el ambiente y las experiencias que atravesamos desde etapas muy tempranas.

El estrés tampoco ocurre solamente “en la cabeza”

Otro cambio importante es dejar de pensar el estrés únicamente como una experiencia psicológica.

Cuando el estrés se vuelve intenso o persistente, todo el organismo participa.

Cerebro, hormonas, sistema inmunológico, metabolismo, sueño y conducta se comunican permanentemente.

Esto es especialmente relevante durante etapas en las que estos sistemas todavía están madurando.

La evidencia muestra que las adversidades tempranas pueden asociarse con cambios en circuitos cerebrales relacionados con la regulación emocional y la respuesta al estrés, aumentando la vulnerabilidad posterior a algunos problemas de salud mental.


Pero hay una diferencia fundamental: vulnerabilidad no significa destino.

¿Qué tiene que ver la nutrición?

Mucho.

El cerebro también necesita nutrientes para desarrollarse.

Proteínas, ácidos grasos esenciales, hierro, yodo, folato y otros micronutrientes participan del desarrollo normal del sistema nervioso.

Pero hoy sabemos que la relación entre alimentación y salud mental es mucho más amplia que una lista de nutrientes.

Comemos dentro de un contexto.

Importan nuestros horarios, el sueño, el estrés, los vínculos, la cultura, el acceso a los alimentos y las condiciones sociales.

Incluso el intestino mantiene una comunicación bidireccional con el cerebro a través de vías nerviosas, inmunológicas y metabólicas.

Por eso, nutrición y salud mental no deberían pensarse como mundos separados.

Los primeros años importan. Pero no nos condenan.

Quizás este sea el mensaje más importante.

Hablar de los orígenes tempranos de la salud no significa decir que nuestro futuro queda escrito en la infancia.

Nuestro organismo conserva capacidad de adaptación.

Los vínculos, la alimentación, el movimiento, el sueño, las experiencias, las redes de apoyo y las condiciones de vida continúan influyendo sobre nuestra trayectoria.

Por eso DOHaD no debería ser una mirada determinista.

Al contrario.

Si la salud se construye a lo largo de la vida, también existen oportunidades para intervenir a lo largo de la vida.

Tal vez necesitemos cambiar la pregunta



Frente a un problema de salud mental solemos preguntarnos:

“¿Qué está pasando ahora?”

La mirada del desarrollo nos invita a sumar otra:

“¿Qué historia nos trajo hasta acá?”

No para buscar culpables.

Sino para comprender mejor.

Porque quizás una de las ideas más interesantes que hoy nos propone la ciencia sea también una de las más simples:

Nuestra salud mental no empieza con un diagnóstico.

Nuestra salud mental también tiene historia.

Para profundizar



Reisinger SN, Hannan AJ. Developmental origins of mental health and disorders (DOMHaD): an approach to understanding, preventing and treating psychiatric disorders. Nature Mental Health. 2025.

Nelson CA, Sullivan EF, Valdes V. Early adversity alters brain architecture and increases susceptibility to mental health disorders. Nature Reviews Neuroscience. 2025.

World Health Organization. Mental health. WHO.

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El nudo que no es comida: el estómago se encoge. La comida ya pasó, pero el nudo se queda. No es hambre, no es acidez. Es otra cosa: una historia que tu cuerpo intenta contarte. El intestino no habla con palabras, pero se las ingenia para hacerse escuchar: a veces con presión, otras con cólicos o con un vacío inquietante. Lo que dice la ciencia: la medicina lo llama eje intestino-cerebro. Un diálogo constante entre tu sistema digestivo y tu sistema nervioso. Tus intestinos están conectados a tu cerebro a través del nervio vago y millones de neuronas propias (sí, se llama sistema nervioso entérico). Cuando el estrés o la ansiedad bajan, este diálogo se altera: cambian los movimientos intestinales, se modifica la microbiota y aparecen síntomas como en el Síndrome de Intestino Irritable (SII), entre otros. Lo que dice el inconsciente: Freud nos enseñó en La interpretación de los sueños (1899) que los sueños hablan en símbolos. El cuerpo hace lo mismo. • El estreñimiento puede simbolizar retener, no soltar algo que duele o incomoda. • La diarrea, por el contrario, es soltar de golpe, casi sin control, aquello que no pudimos procesar. • El dolor y los espasmos pueden ser la tensión física de un conflicto que no se resuelve. Si pensás en tu síntoma como un símbolo, podés preguntarte: “¿Qué es lo que no puedo digerir en este momento de mi vida?” Detectar y calmar: Pequeños pasos para escuchar a tu intestino y darle alivio: 1. Anotá tus síntomas y emociones cada día; detectá si se repiten en situaciones concretas. 2. Observá tus gatillos: personas, lugares o pensamientos que anticipan el malestar. 3. Respirá profundo y lento antes de comer, para relajar el nervio vago. 4. Elegí comidas suaves y fáciles de digerir en días de alto estrés. 5. Expresá lo que sentís: escribir, hablar o incluso dibujar puede aliviar la presión interna. Lo mas importante es que puedas identificar los momentos de malestar y los de bienestar, si en vacaciones, o el fin de semana una milanesa con papas fritas y cerveza te caen bien, pero en la semana comiendo en la oficina, el pollo con calabaza te caen mal, claramente es el cuándo y cómo comes lo que comes, y no el que. Por eso en nutrición, esos dos paramentos (cuándo y cómo) son muy importantes a tener en cuenta, y hay que trabajarlos antes de hacer una selección, y sobre todo restricción de alimentos!
Luna llena dorada contra un cielo nocturno negro.
por Pía Qvarnström • 1 de julio de 2025
La imagen es casi universal: la casa en silencio, el día ya terminado, y de pronto… la visita a la cocina. Puede ser una taza de té, un pedazo de pan, o el helado “que estaba ahí”. La cultura popular lo normaliza —“a la noche es cuando uno se relaja”—, pero la ciencia observa otra cosa: en este horario, las señales de hambre real son menos frecuentes y las de hambre emocional, más intensas. En la consulta, las frases suelen repetirse: “Es mi momento del día”, “No tengo hambre, pero necesito algo”. Sin embargo, pocos se preguntan de dónde viene esa necesidad. Para entenderlo, no basta con contar calorías o prohibir alimentos: hay que mirar el doble plano. • Contenido manifiesto: la acción de comer algo a la noche. • Contenido latente: la necesidad emocional que está siendo atendida (o postergada) mediante la comida. Hagamos observación de rutinas diarias: ¿qué pasó en las horas previas? ¿Qué emoción estaba presente antes de abrir la heladera? La emoción como motor: en el fondo, la ansiedad nocturna suele ser un deseo: descansar, sentir placer, apagar la soledad, frenar la mente. Ejemplo real (nombre cambiado): Mariela, 48 años, me decía: “Sé que no es hambre, pero si no como algo no puedo dormir tranquila”. Cuando revisamos sus días, vimos que la noche era el único momento en que no estaba al servicio de otros. Ese bocado dulce era su contraseña de libertad. Aquí, la comida no era por necesidad fisiológica, sino la representación física de una necesidad afectiva: sentirse atendida. Distorsión y camuflaje: el cuerpo a veces habla en clave. La señal de “necesito parar” puede sentirse igual que “tengo hambre”. Si además la persona aprendió desde pequeña que un dulce calma, la traducción automática será: emoción → comida. En estos casos, el hambre emocional se disfraza de hambre real, y la censura interna impide que la persona lo reconozca como un acto de autocuidado mal orientado. Fuentes del comportamiento; la ansiedad nocturna tiene tres raíces frecuentes: 1. Restos diurnos: preocupaciones sin resolver que siguen activas. 2. Memoria gustativa: recuerdos infantiles de meriendas o postres nocturnos en familia. 3. Rutina aprendida: hábito instalado que el cerebro anticipa como parte del día. Trabajo de elaboración: el cambio no empieza prohibiendo, sino identificando la necesidad. • Si es descanso, crear un ritual no alimentario: música suave, respiración, lectura. • Si es afecto, buscar una conversación, un mensaje, un contacto humano real. • Si es placer, permitirlo, pero con consciencia y porción definida. Ejemplo de reconversión: Mariela cambió su helado nocturno por una infusión caliente y 15 minutos de diario personal. A veces aún elige comer algo dulce, pero ahora lo decide, no lo obedece. Psicología de la alimentación consciente: el cambio de hábito activa áreas cerebrales vinculadas al control inhibitorio y reduce la activación de circuitos de recompensa automática. Es como enseñarle al cerebro un nuevo camino para llegar al mismo destino emocional, pero sin costo metabólico. Conclusiones y guía práctica: La ansiedad nocturna no es un enemigo, es un mensajero. Cuando aprendemos a escuchar lo que dice, la relación con la comida cambia. Ejercicio rápido: 1. Antes de comer, pregúntate: ¿Qué estoy sintiendo ahora mismo? 2. Nómbralo. (Cansancio, soledad, alegría, aburrimiento). 3. Elige: comer conscientemente o atender la emoción de otra forma.
Una guía de alimentos con secciones de pan, pasta, patatas, carne, pescado y productos lácteos frente a frutas y verduras.
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En el vasto mundo de nuestra mente y cuerpo, las sensaciones que experimentamos son a menudo símbolos que hablan un lenguaje propio. El hambre que sentimos no siempre es una simple necesidad física; muchas veces es la expresión cifrada de deseos, ansiedades o emociones que buscan ser reconocidas y atendidas. La pulsión oculta tras el apetito: los síntomas corporales pueden ser reflejos de conflictos internos no expresados. En este sentido, el hambre emocional es una señal disfrazada: un llamado que no busca alimentar el cuerpo, sino calmar la mente. Se trata de un deseo que no siempre podemos nombrar conscientemente, y por eso se manifiesta a través del alimento, un objeto tangible y accesible. El hambre físico, la señal clara: Cuando el estómago reclama alimento, la necesidad es directa y evidente. Es un deseo sin máscaras ni dobles intenciones. La pulsión corporal se muestra desnuda, insaciable hasta que se satisfaga, y cualquier tipo de alimento podrá calmar esta demanda primaria. El hambre emocional: la señal oculta Pero cuando el hambre aparece súbitamente, es específico y urgente, está comunicando algo más que una necesidad biológica. No es el cuerpo el que habla, sino la mente que usa la comida como vehículo de expresión. El antojo por algo dulce, salado o reconfortante simboliza emociones no reconocidas: ansiedad, tristeza, soledad o la búsqueda de consuelo. El acto de comer: una oportunidad para la conciencia Quien aprende a escuchar su cuerpo con atención puede descubrir el significado oculto detrás del apetito. Hacer una pausa, preguntarse “¿Esto es hambre o una emoción?”, “¿Busco alimento o alivio emocional?”, son prácticas que permiten recuperar el control y evitar patrones automáticos y repetitivos. Conclusión: El cuerpo como espejo de la mente La alimentación es, en su dimensión más profunda, un diálogo entre cuerpo y mente. Reconocer cuándo el hambre es auténtico y cuándo es expresión emocional es el primer paso hacia una relación más consciente y amorosa con la comida y con uno mismo.