Malnutrición en Argentina: cuando el territorio también condiciona la salud

Pía Qvarnström • 15 de septiembre de 2026

En un mismo territorio pueden convivir el déficit y el exceso. Un estudio argentino publicado en 2026 muestra que la malnutrición infantil tiene una geografía, y que comprenderla puede ayudarnos a pensar mejores estrategias de prevención.

¿Por qué en poblaciones vulnerables pueden coexistir el retraso del crecimiento y el sobrepeso?

Durante mucho tiempo asociamos la palabra malnutrición casi exclusivamente con la falta de alimentos. Un niño con bajo peso o con dificultades para crecer representaba la imagen más reconocible de un problema nutricional. En el otro extremo, el sobrepeso y la obesidad parecían pertenecer a una realidad diferente, relacionada con el exceso.


Hoy sabemos que esta división resulta insuficiente.


La malnutrición comprende tanto las alteraciones nutricionales por déficit como por exceso, y ambas pueden coexistir en una misma persona, dentro de una familia e incluso dentro de una misma comunidad. A este fenómeno se lo conoce como doble carga de la malnutrición (double burden of malnutrition).


Y Argentina ofrece un escenario particularmente interesante para comprenderlo.

Casi un millón de niños y un mapa diferente de la malnutrición

En enero de 2026, investigadores de la Universidad de Buenos Aires y CONICET publicaron en Spatial and Spatio-temporal Epidemiology un estudio sobre las desigualdades territoriales de la doble carga de malnutrición infantil en Argentina.

El tamaño de la población analizada merece atención. Los investigadores estudiaron registros antropométricos correspondientes a 970.516 niños menores de cinco años, atendidos durante 2019 en más de 7.000 hospitales y centros de salud públicos, distribuidos en 513 departamentos argentinos.


Se analizaron dos indicadores —retraso del crecimiento (stunting) y sobrepeso, incluida obesidad— utilizando los estándares de crecimiento de la Organización Mundial de la Salud. Los resultados fueron contundentes. La prevalencia departamental promedio estimada fue de:

  • 11,4 % de retraso del crecimiento
  • 14,2 % de sobrepeso


Pero quizás lo más interesante no sean solamente los porcentajes, sino dónde ocurren. La geografía explicó una proporción importante de la variabilidad observada: el componente espacial estructurado representó el 55 % de la variación aleatoria en retraso del crecimiento y el 41,7 % en sobrepeso.



Es decir: el territorio importa.

Cuando el déficit y el exceso comparten territorio

Los investigadores dieron un paso más. En lugar de estudiar el retraso del crecimiento y el sobrepeso como dos fenómenos independientes, desarrollaron un modelo espacial conjunto para identificar cuánto compartían ambos problemas una misma estructura territorial.


El resultado es especialmente interesante: el 47,9 % del efecto aleatorio total fue atribuible a un componente espacial compartido. En otras palabras, existen territorios en los que encontramos simultáneamente una mayor propensión al retraso del crecimiento y al sobrepeso.


Los departamentos más afectados por esta doble carga se localizaron principalmente en el sudoeste de la Patagonia, seguidos por sectores de las regiones Central y Norte del país. El mapa publicado por los investigadores es probablemente una de las imágenes más elocuentes del trabajo: no muestra dos Argentinas separadas —una del déficit y otra del exceso—, sino territorios donde ambos problemas se superponen.

Una paradoja solo aparente

¿Cómo puede una población presentar al mismo tiempo dificultades en el crecimiento infantil y exceso de peso? Porque tener suficientes calorías no necesariamente significa estar adecuadamente nutrido. Y porque nuestras elecciones alimentarias no ocurren en el vacío.


Comemos dentro de un determinado contexto: según qué alimentos están disponibles, cuáles son accesibles, cuánto tiempo tenemos para cocinar, qué aprendimos sobre alimentación, qué información podemos comprender y utilizar, qué servicios de salud tenemos cerca y cuáles son las condiciones sociales y ambientales en las que transcurre nuestra vida.


Los autores son cuidadosos en este punto: el estudio identifica patrones territoriales, pero no fue diseñado para demostrar cuáles son sus causas. Sin embargo, señalan que estas desigualdades espaciales pueden funcionar como indicadores de una combinación de condiciones ambientales, socioeconómicas y conductuales que podrían contribuir a explicar las diferencias territoriales.


Por eso, reducir la discusión a si una persona “come mucho” o “come poco” resulta insuficiente. La pregunta debería ser más amplia: ¿qué condiciones hacen posible —o dificultan— una alimentación adecuada?

El AMBA: el territorio dentro del territorio

Uno de los resultados que más invita a reflexionar aparece cuando los investigadores analizan el Área Metropolitana de Buenos Aires. Encontraron un claro gradiente urbano-periférico.


En las áreas urbanas centrales, la prevalencia estimada de retraso del crecimiento fue del 7,2 %, frente al 14,1 % en las áreas periféricas. Para sobrepeso, las cifras fueron 11,3 % frente a 14,8 %, respectivamente.


No hace falta cruzar el país para encontrar desigualdades nutricionales. Pueden aparecer dentro de una misma región metropolitana. Los autores relacionan este gradiente con posibles determinantes estructurales, entre ellos las desigualdades socioeconómicas, las diferencias en el acceso a servicios de salud y nutrición y la distribución desigual de infraestructura y oportunidades.


Esto obliga a ampliar nuestra mirada.

De la información a la posibilidad de actuar

En nutrición solemos insistir en la educación. Y es indispensable. Pero informar no siempre alcanza.


Una persona puede saber qué alimentos debería elegir y, sin embargo, vivir en un entorno que dificulta llevar ese conocimiento a la práctica. Aquí aparece un concepto que considero fundamental: la alfabetización en salud. No se trata simplemente de recibir información, sino de poder acceder a ella, comprenderla, evaluarla y utilizarla para tomar decisiones relacionadas con la propia salud.


Pero tampoco podemos depositar toda la responsabilidad sobre el individuo. Podemos enseñar a leer una etiqueta, planificar una comida o reconocer alimentos de mejor calidad nutricional. Sin embargo, para transformar ese conocimiento en conducta deben existir también condiciones que permitan hacerlo.


Ese espacio entre saber qué hacer y poder hacerlo es uno de los grandes desafíos de la salud pública.

La pobreza no se traduce necesariamente en delgadez

Este punto merece especial cuidado. La coexistencia de vulnerabilidad socioeconómica y sobrepeso puede parecer contradictoria únicamente si seguimos pensando la malnutrición como una cuestión de cantidad de comida.


El propio estudio se realizó en niños atendidos por el sistema público y sin cobertura de salud, una población que los autores utilizan como aproximación a grupos socioeconómicamente vulnerables. Y en esa población encontraron tanto retraso del crecimiento como sobrepeso.


Por eso quizá deberíamos abandonar una asociación demasiado simple: pobreza = falta de alimentos = bajo peso.


La realidad nutricional contemporánea es bastante más compleja. Podemos encontrar disponibilidad energética suficiente —incluso excesiva— y, simultáneamente, dietas de baja calidad nutricional, déficits específicos y contextos que favorecen el desarrollo de enfermedades crónicas.


Esto permite entender algo esencial: sobrepeso no es sinónimo de buena nutrición y delgadez no es el único rostro de la malnutrición.

¿Es un problema económico, educativo o sanitario?

Probablemente formularlo de esa manera sea parte del problema. No necesitamos elegir una sola explicación.


La nutrición se construye en la intersección entre biología, ambiente, educación, condiciones socioeconómicas, cultura, sistema alimentario y políticas públicas. El estudio argentino aporta algo particularmente valioso: nos permite ver esa complejidad sobre un mapa.


Y cuando un fenómeno sanitario presenta patrones territoriales, las intervenciones tampoco deberían ser idénticas en todos los lugares. Los propios autores concluyen que los resultados respaldan la necesidad de estrategias nutricionales integradas y de incorporar una mirada espacial al diseño de políticas destinadas a disminuir las desigualdades nutricionales durante la primera infancia.

De la responsabilidad individual a la responsabilidad compartida

Esto no significa quitar importancia a nuestras decisiones individuales. Significa comprender dónde se toman esas decisiones.


La educación alimentaria continúa siendo fundamental. También lo son la consulta nutricional, la promoción de hábitos saludables y el desarrollo de habilidades para elegir, comprar y preparar alimentos. Pero una estrategia de prevención no puede terminar allí.


Necesitamos trabajar también sobre los entornos que acompañan esas decisiones. Educación, sistema sanitario, políticas alimentarias, disponibilidad y acceso a alimentos, urbanización, comunicación en salud y condiciones ambientales forman parte del mismo problema.


Quizás allí esté uno de los aprendizajes más interesantes de este trabajo: no alcanza con preguntarnos qué come una persona. También necesitamos preguntarnos dónde vive, qué oportunidades tiene y qué herramientas recibió para cuidar su salud.

Una oportunidad para pensar la prevención de otra manera

La primera infancia constituye una etapa especialmente sensible del desarrollo. Lo que sucede durante esos primeros años no queda necesariamente circunscripto a la infancia. Por eso, prevenir la malnutrición implica mucho más que corregir un número en una curva de crecimiento.


Implica construir condiciones que favorezcan trayectorias de salud más saludables desde etapas tempranas.


Y aquí esta discusión empieza a encontrarse con otra mirada que venimos desarrollando: la salud se construye a lo largo de la vida y comienza mucho antes de que aparezca la enfermedad. La perspectiva DOHaD —Developmental Origins of Health and Disease— nos invita justamente a mirar cómo las exposiciones tempranas interactúan con la biología y el ambiente y pueden influir sobre trayectorias posteriores de salud. Pero ese será tema para otra nota.


Por ahora, este nuevo estudio argentino nos deja una pregunta que vale la pena conservar: si la malnutrición tiene una geografía, ¿podemos diseñar las mismas estrategias de prevención para todos los territorios?


Probablemente no.


Conocer dónde están las desigualdades, comprender mejor los contextos que las acompañan y transformar esa información en políticas y herramientas concretas puede ser un primer paso. Porque alimentarse es una conducta individual, pero las condiciones en las que nos alimentamos son también una construcción colectiva

Referencia principal: Flaibani N., Pérez A., Nunez P., Cueto G. “Identifying territorial inequalities in the population-level double burden of child malnutrition in Argentina: A joint spatial modeling approach.” Spatial and Spatio-temporal Epidemiology. 2026;56:100783. Aceptado el 21 de enero y publicado online el 23 de enero de 2026.

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